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Solo de Soledad

Una de mis palabras habituales a la hora de sentarme a escribir, incluso mil veces usada para dar título a alguna de mis canciones, o como eje principal de una historia, ha sido la soledad. Esa soledad que, en pura teoría, uno se inventa como guión romántico de una canción de desamor y que nada tiene que ver con la verdadera soledad sentida e impuesta cuando uno la experimenta y que es inevitable y amarga cuando llega, y te llena de desamparo y te desgarra el alma. Es esa soledad que sufre el hombre rodeado de gente en la ciudad...

Gracias a todos

Quién me iba a decir a mí hace unos cuantos años, cuando yo era un estudiante de electrónica en Sevilla y con una dudosa vocación por tal materia, a pesar de haber llegado a montar en el taller de prácticas un televisor en blanco y negro, cuya imagen dejaba mucho que desear, así como una radio de galena, que mi destino estaría inevitablemente ligado a las comunicaciones. Para mí la magia  la ofrecía la radio. El caso es que, a través de aquel pequeño aparato y desde mi cuarto de estudiante,  tuve la oportunidad de salir al mundo y escuchar...

Con la cruz a cuestas

Cada día, al terminar un concierto, el escenario queda sembrado de objetos como muestra de admiración y cariño  hacia el artista que esa noche dejó un poco de sí mismo en la interpretación de cada una de sus canciones, y que el público recompensa no solo con sus aplausos sino con algo tan sutil como una flor que marchitará, perdida en la oscuridad del escenario, si nadie lo remedia; un muñeco de peluche “para tus nietos”, o quizá una carta redactada con prisa entre canción y canción en donde alguien, que se ha sentido especialmente tocado en sus sentimientos más...

El Gato pródigo

Después de unos meses sin verlos, y suponiendo que la soledad había hecho mella en su ánimo de animales de compañía, pensé que esos tres gatos  me esperarían hasta mi regreso de un viaje que me tendría apartado de ellos durante más de dos meses aunque mi hermana Ángela se ocupó en mi ausencia de ponerles comida en su comedero de El Refugio donde vivían. Pero como ya conté, a mi llegada al campo, no encontré el más  mínimo rastro de vida animal lo que incluía a mis tres gatos.  Pensé que de tanta soledad y el frío de este invierno,...

Las plañideras de Antigua

De tanto hablar a Manuela de ese lugar del mundo del que conservo uno de mis más gratos recuerdos, un día me acompañó a un paseo por la Antigua Guatemala. Era Semana Santa. El fervor popular al Resucitado, o al Jesús Flagelado, o a esa Dolorosa, de un dramatismo que solo los pueblos de la América más profunda saben imprimir, nos emocionó. La procesión discurría en el más sepulcral de los silencios, sólo roto por el roce de las suelas de las sandalias contra los cantos rodados de la calle y el compás de los penitentes marcando cada paso hacia el...

Desde mi cuarto de Hotel

En el paseo marítimo unos niños juegan junto a una pareja de enamorados que, sentados en el muro de piedra y los pies colgando al río, contemplan abrazados la puesta del Sol. Los niños han invadido el lugar idílico que ocupaban los enamorados y estos se marchan tomados de la mano en busca de un lugar más tranquilo donde seguir con sus juegos de amor. En la acera, al lado del mirador del río, aparca un Seat 600 blanco y de su interior sale una señora acompañada de un perro grande y negro que en pocos minutos se pierde por el...

¿Fumar es un placer?

Hace años, escribí una canción con vocación de crítica a la sociedad de consumo a la que casi todos estamos sometidos, y le puse música. La historia contaba el momento del primer contacto de un adolescente con el tabaco que muchos se empeñan en negarle el calificativo de droga. Ese momento se producía en una calle de Madrid bajo la terraza del piso catorce  donde yo vivía, y donde apuraba mi cigarrillo de Marlboro hasta quemarme los labios. Los anuncios luminosos de neón anunciaban todo tipo de productos que suponían una pura tentación. “Viste como quieras” “toma Coca Cola” “Vuela...

Después de un tiempo

  Después de un tiempo, vuelvo al encuentro de mi guitarra, mis libros, y este ordenador que me trae por el camino de la amargura con sus malas pasadas, borrándome lo que quiero dejar escrito y dejando lo que a veces he olvidado borrar. Vuelvo al silencio absoluto a pesar de estar en la ciudad, y en ese silencio flotan recuerdos  y sentimientos difíciles de plasmar en un papel, y que sólo el corazón es capaz de grabar para siempre sin posibilidad de ser borrados, no como este ordenador infiel y traicionero, que a mi edad me obliga al aprendizaje de...

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