Un ladrón sin guante blanco

Obra de Arte

20 may Un ladrón sin guante blanco

A veces, durante la contemplación de uno de esos cuadros expuestos en un museo, uno sueña en vano con el día en que pudieras comprar una de esas pinturas y colgarla en una de las paredes de tu casa. Terminada tu visita al museo, pasas por la tienda y buscas entre las litografías puestas a la venta la de ese cuadro, que suplirá la del original expuesto en una de las salas, y que desde una de las paredes de tu casa, cada vez que lo mires, te hará regresar a aquella ciudad, y a aquel museo en donde, por unos minutos, sentiste una emoción especial durante la contemplación de aquella obra.

Y así, poco a poco, año tras año, viaje tras viaje, esa colección de copias de las firmas más importantes expuestas en los grandes museos del mundo que M. y yo tuvimos la oportunidad de visitar, fue cubriendo las paredes de nuestra casa de campo dejando constancia de esos lugares a los que un día llegamos para acercarnos hasta tener muy cerca las obras de artistas como Picasso, Velázquez , Cézanne, Manet, Renoir, Pisarro, Sorolla, o abstractos como Pollock, Kandinsky o Guerrero.

Hace unos meses en una de las visitas que hice a mi casa del campo, en el portón lejos de la casa, “Tigre” me esperaba especialmente inquieto, y mientras yo abría las puertas, el gato se enredaba en mis pies como queriendo comunicarme algo. Subí al coche y bajé el camino que conduce hasta la casa seguido a toda velocidad por el animal que, a la vez que corría tras de mí tratando de alcanzarme, maullaba con todas sus fuerzas.

Cuando llegué a la casa encontré la puerta abierta y la cerradura arrancada con una herramienta cortante como un escoplo o una llave de las usadas en los talleres para desmontar las ruedas de los coches. Debo reconocer que en ese momento tuve miedo de que los ladrones estuvieran dentro y, armado de un valor prestado, di una voz suficientemente potente como para ser escuchada en toda la casa. El silencio me la devolvió mil veces aumentada y sentí erizárseme la piel. Agudicé el oído por si captaba el más mínimo ruido antes de entrar en el salón. La oscuridad era absoluta en el interior ya que la luz en esa casa proviene de un grupo electrógeno y éste se encontraba apagado. Guiado por un tenue rayo de luz que se filtraba a través de una de las ventanas, traté casi a ciegas de llegar hasta ella para poder abrirla, y en ese trayecto, que me pareció eterno, mis pies tropezaban con objetos irreconocibles que nunca habían estado allí.

De pronto, un golpe metálico sonó en todo el salón dejándome paralizado, la oscuridad me impedía localizar el lugar de donde provenía ese ruido extraño. Me quedé quieto esperando que aquel sonido se repitiera.

Volví a avanzar en la oscuridad tropezando con algunos muebles, y de pronto, casi a mi lado, ese ruido metálico volvió a sonar volviendo a paralizarme de nuevo. Me exigí calma tratando de averiguar de dónde procedía mientras seguía avanzando hacia la ventana. Por fin llegué, y como quien se asfixia por falta de aire, la abrí de par en par mientras la luz, al inundar el salón, me mostró con toda su desnudez el motivo por el que a mi llegada encontré nervioso a “Tigre”, que fuera de la casa esperaba vigilante.

En una primera inspección observé que habían desaparecido unas cerámicas negras fabricadas por mí, sin más valor que el sentimental, y que durante años estuvieron colocadas sobre la repisa de la chimenea. Me acerqué por si faltaba algo más. Entonces, el ruido metálico volvió a sonar muy cerca de mí con la virulencia de un preso que forzara la puerta de su celda tratando de escapar. El ruido procedía de la chimenea. Abrí la trampilla que aporta el aire para avivar más o menos en fuego, y un pájaro negro, enloquecido, dándose golpes contra las paredes buscando la puerta de salida al exterior desapareció por el jardín.

Unas jarras de cobre que decoraban la cornisa de la cocina también habían formado parte del botín de los ladrones. En las paredes no quedaba ni una sola de las reproducciones que tanto tiempo nos había costado coleccionar. Pero lo más sorprendente fue encontrar todos los marcos y los cristales de cada una de ellas cuidadosamente colocados junto a una de las paredes del salón, como si un ladrón de guante blanco, experto en obras de arte, hubiera llevado a cabo un robo similar al realizado en el Museo Isabella Stewart Gardner de Boston, ocurrido en 1.990 en cuyas paredes aún quedan los marcos de las que fueron pinturas de Rembrandt, Vermeer, Manet o Degas esperando algún día su regreso. Este pobre ladrón, más que furia, despertó en mí una cierta pena. Posiblemente pensó que la casa de un artista debería contener obras de un gran valor, así que, con sumo cuidado, desmontó de sus marcos las láminas que por un módico precio, a lo largo de los años habíamos ido adquiriendo en las tiendas de los museos. Lo que sí denotó el ladrón, fue una gran sensibilidad y cuidado de no dañar lo que creyó unas auténticas y originales obras de arte.

Días después, cerca de la casa, apareció una carretilla de jardinero con la que había transportado su pequeño “tesoro” hasta su coche, aparcado a una distancia prudencial de la casa.

 

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