La tentación está en las nubes

24 jun La tentación está en las nubes

Después de unos años, y de una forma casual, ayer me crucé  por la calle con una amiga a la que hacía tiempo que no veía, y con la que compartí un trabajo relacionado con la música. Su jubilación -me dijo- la había convertido en una viajera curiosa por conocerlo todo, tomándose la vida con la calma de quien ya no tiene más obligaciones que las que uno se quiera imponer. Nos sentamos en la terraza de un bar protegidos de este sol de Madrid bajo una sombrilla. Mientras tomamos un café, sin prisa, hablamos largo y tendido como dos viejos amigos de aquel tiempo de la música que tuvimos el privilegio de vivir.  Recordamos nombres de los que fueron nuestros compañeros, y aquel ambiente en el que la música lo era todo para los que trabajábamos en aquella compañía de discos, que más que una empresa, que lo era, tenía el calor de algo familiar que hacía que el trabajo de cada uno de nosotros fuera suficientemente placentero y recompensado, como para sentirnos felices realizándolo, sabiendo que muchas familias, desde los autores, los cantantes, los productores y los editores de música, luchábamos por un objetivo común: hacer éxitos de cada una de las canciones que conformaban nuestro catálogo, para lo que siempre estábamos dispuestos a dejarnos la piel, cada uno en su cometido, sabiendo que el pan de la música caía de ese cielo.

Y claro que caía, y lo hacía en forma de discos de oro, de platino, o simplemente, y eso me parece lo más importante, haciendo historia en la música con muchas de aquellas canciones que hoy, todavía en el corazón y en la memoria de la gente, casi cuarenta años después, sigue siendo inevitable  interpretar en cada uno de nuestros conciertos en directo. Porque la radio las daba a conocer a través de sus programas musicales hasta fijarlas en el disco duro de los que las escuchaban, y cada una, sonando el tiempo suficiente hasta formar parte del repertorio popular de la gente hasta extraer de aquel L.P el siguiente Single, en el que poníamos el mismo entusiasmo que en el anterior para convertirlo en éxito, un éxito producto de las ventas de aquellos discos, cuyas carátulas llenaban los escaparates de los grandes almacenes y las tiendas de música, y que la gente compraba, a veces masivamente, a pesar de su precio.

Hablamos de los casi cuarenta años que han  pasado desde entonces y de los “supervivientes”  que, a pesar del tiempo, seguimos manteniendo la ilusión y la vocación,  a prueba de todo, por seguir escribiendo e interpretando música, aunque las vitrinas de las tiendas hayan reducido al mínimo el espacio dedicado a discos, al igual que la escasa programación de las emisoras de radio y a pesar de las grabaciones que andan navegando por la nube esperando ser atrapadas -simplemente pulsando con un dedo la tecla del ordenador- por aquellos que infravaloran el trabajo de los autores, los productores, los intérpretes, los editores y todos los que creemos  todavía, yo más que mi amiga, que no todo está perdido, porque entre los más fervientes admiradores y seguidores  de los artistas, que son muchos, estoy seguro de que aún queda en ellos el sentido de la ética y el respeto a nuestro trabajo, aunque ese pan de la música, hoy nos caiga del cielo un poco más amargo y con la palabra “crisis” escrita en su corteza.

Yo, por mi parte, sigo empeñado  en arrancar a mi guitarra una nueva melodía que se convierta en mi mejor canción y me haga sentir que una vez más he dejado el alma buscando un nuevo motivo, algún recuerdo o alguna historia que contar y que al llegar a oídos de los que la escuchen sientan que lo que canto es su propia historia o quizá la mía. Porque cada momento alegre o triste, de amor o desamor, de recuerdos o de olvidos, de encuentros o desencuentros, forman parte de la vida de todos y cada uno de nosotros, y que todo lo que nos acontece  tiene una música de fondo, que yo, como deuda hacia los que me habéis seguido durante tantos años, y los que me habéis  conocido más  recientemente, sigo empeñándome en escribir.

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