La primavera

27 may La primavera

Como un nuevo milagro que Machado cantó en su poema al olmo centenario, hoy de nuevo el campo se viste con sus mejores galas y nos ofrece su mejor perfume. Los árboles, dormidos durante el pasado invierno, con sus brotes nuevos vuelven a pregonar que aún están vivos y dispuestos a prestarnos su sombra el próximo verano que ya empieza a  inquietarse  por llegar antes de tiempo, madurando a toda prisa el trigo, la cebada, los girasoles, los frutos de los huertos y la piel de los veraneantes que llenan nuestras playas para dejarse acariciar por este sol que es vida. La vida en color que llega a nuestros jardines, a nuestros parques públicos y hasta la más humilde maceta de barro engalana con un geranio o una mata de sándalo, el balcón de los más humildes amantes de la naturaleza.
He visitado, como lo hago frecuentemente, el Refugio, donde la primavera se hace sentir con una fuerza rural y primitiva, donde los lirios florecen en cualquier ribazo sin que nadie les preste la más mínima atención y las margaritas, las amapolas y los rosales de rosas antiguas y olorosas salen cada año espontáneamente, sin que nadie provoque su aparición,  en el rincón más olvidado del jardín.
Mi gato “Tigre” anda ya preparándose para el verano localizando un lugar fresco y sombreado donde dormir su siesta en las horas de más calor, pero entretanto, y mientras esta primavera nos regale esta temperatura suave, anda tumbado al sol sobre la hierba mientras hace la digestión de algún animalillo víctima de sus cacerías. Lo que no sospechaba yo era que este gato fuera tan selectivo en lo que concierne a sus gustos gastronómicos. Hace unos días, dando un paseo por el jardín seguido por él, que no me deja ni a sol ni a sombra y que se enreda en mis pies mientras camino, encontramos un pájaro carpintero que quizá en esa lucha que todos los animales libran por su supervivencia había caído herido desde un árbol y yacía muerto sobre la hierba. Al verlo pensé: – Qué raro que el gato no se lo haya comido-. Así que hice pasar a Tigre cerca del pájaro esperando que, agradecido, lo atrapara con sus uñas afiladas y se lo llevara a un rincón del jardín para celebrar su particular banquete. Pero no, pasó olímpicamente al lado del pobre carpintero y se puso a perseguir una mariposa que en su vuelo irregular, a punto estuvo de caer en sus garras.

El gato de Jose Luis Perales tumbado en el suelo

El Ceibo, el árbol del que os he hablado en alguna ocasión, que hace años nació de una semilla que una amiga Uruguaya me regaló, brotó como  cada primavera y ya alcanza una altura de tres metros, y una edad suficiente como para sorprenderme con alguna de esas flores rojas que espero ver brotar algún día y celebrar con todos vosotros. Hoy, mi amigo de Sevilla, al que hace los mismos años regalé una planta de este mismo árbol, que yo cuido como si me fuera la vida en ello, me envía una foto del suyo florecido. Hay que pensar que la primavera en Sevilla llega antes que a esta tierra mía del centro en donde las temperaturas son más frías. Entretanto, sigo esperando ese milagro de la primavera que haga florecer este Ceibo que me hace sentir al mirarlo la cercanía con Argentina y  Uruguay, países que lo celebran como su árbol nacional.
Pero mientras este árbol mío se niega a florecer colmando mi paciencia año tras año, otro árbol anda brotando. Su fruto se empieza a manifestar en forma de música. Las musas vuelven a llamar a la puerta de mi estudio y empiezo a sentirme acariciado por ellas. !Bienvenidas sean!  Aunque por unos días tendrán que esperarme para seguir hablándome al oído. Mis nietos me esperan al otro lado del mar. Ella cumplirá cinco años,  y ese encuentro con ellos, ni ellas, las musas, podrán evitarlo.

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