El deporte de andar

05 ago El deporte de andar

Hoy, como cada mañana, y después de levantarme, ducharme, vestirme con el chándal y las zapatillas de andar y desayunar, emprendo junto a ella (omito su nombre por sabido), la caminata de una hora de duración cubriendo una distancia de unos tres kilómetros durante los cuales tenemos la oportunidad de hablar, callar y observar a la gente que como nosotros se empeña cada día en quitar algún gramo más de ese peso que no acaba de desaparecer de la báscula y que es el primer sobresalto de la mañanacuando antes de la ducha caemos en la tentación de saber cómo andamos de kilos.

Hace tiempo algún médico me dijo que no había que pesarse todos los días para no caer en esa especie de obsesión que se convierte en manía y que no conduce a nada.Yo nunca estuve de acuerdo con esa teoría, por muchos médicos que lo digan, porque en cuanto uno se descuida, un día sales a comer, otro a cenar a ese restaurante que te recomiendan, el fin de semana, que a veces hay reunión familiar, paella incluida, después de un aperitivo donde hace su aparición la cerveza, las patatas fritas y las aceitunas, la copa de vino etc., etc…Y sin darte cuenta te pones como una boa. Y después de esos pequeños homenajes llega el arrepentimiento, siempre tardío, y el firme propósito de no volver a caer en semejantes tentaciones.

Y durante la semana siguiente, una austeridad gastronómica se instala en la cocina, y el comedor recuerda el refectorio de un convento de franciscanos (austeros como ellos solos), en donde las acelgas, espinacas, lechugas, endivias y demás alimentos recomendados por el médico para una dieta sana se instalan en el menú diario acompañando a ese pescado  que desde niño fue un alimento desconocido para mí, ya que a mi pueblo nunca llegaba, dada la distancia al mar y la precariedad de las comunicaciones hasta los mercados de la ciudad, exceptuando el bacalao, que por llegar a la tienda del pueblo desecado era fácil de conservar para ser consumido sin riesgo.

Y ya de mayor, a uno le cuesta asimilar los sabores de algo a lo que de pequeño no te acostumbraron. Así que al ponérmelo en la mesa debo reconocer que no despierta en mí el más mínimo entusiasmo y que lo como por simple recomendación dietética. Y no hablemos de ese filetito de ternera blanca (por si el ácido úrico) a la plancha y poco hecho, y que hace su aparición en la mesa con cierta frecuencia, para aportarnos las proteínas que necesitaremos para salir de nuevo durante toda la semana a darnos la caminata mañanera y recuperar la figura perdida después de la gula del fin de semana.

Sin embargo, el hecho de proponerse el ejercicio de andar -y digo andar- cada mañana, aparte de lo beneficioso que resulte para la salud, te da la oportunidad de relacionarte con otra gente con tu mismo empeño, o quizá con otros empeños u obligaciones autoimpuestas, como por ejemplo pasear su perro y dar rienda suelta a energías y necesidades de todo tipo que los animales tienen prohibido realizar en las casas de sus dueños por razones obvias.

Y mientras ella y yo caminamos sorteando sus excrementos (de los  perros), a lo largo de todo el trayecto recorrido durante nuestro paseo, bolsitas de plástico cuidadosamente “tiradas” adornan la orilla del camino con su contenido fétido esperando que algún día pase a recogerlas el camión de la basura-nunca pasó-, mientras todo tipo de mascotas  andan sueltas a su libre albedrío, y sus dueños, en su encuentro diario, que ya se les ha hecho familiar de tanto encontrarse, comparten anécdotas de sus mascotas, a cuál más ocurrente y divertida, mientras vigilan el continuo intento de apareamiento de los animales, castigándoles de una forma ejemplar poniéndoles el bozal para que no anden oliendo lo que no deben.

Pero, eso sí, cada dueño de su perro, atado a su muñeca o al asa de su mochila, luce la bolsita de plástico que “debería” usar una vez que el perro decide liberarse, y que, dado que a veces su conversación (la del dueño) resulta tan interesante, al volver a casa después de una mañana placentera en el parque, descubren que no cumplió la misión que tenía encomendada y la volverán a lucir mañana por si deciden usarla.

Dada nuestra escasa tradición de deportistas, nuestro caminar es más bien lento en relación a los que, como si de un maratón se tratara, o movidos por la intención de quitarse el exceso de kilos de un plumazo, nos pasan a tal velocidad y con tal resuello, que uno siente que de un momento a otro van a sufrir un infarto de miocardio consecuencia del excesivo  esfuerzo, y que, como un detalle de buena educación, al cruzarnos y reconocernos, saludan con una expresión  congestionada y sudorosa, esfuerzo que agradecemos doblemente.

Consecuencia de lo rutinario de cada día en lo referente a la obligación que nos imponemos, llega un momento en que, a pesar de la distancia que a veces nos separa en el camino, llegamos a reconocernos mucho antes de cruzarnos, simplemente por el color del vestuario que nos identifica y que no varía mucho de un día para otro, salvo quienes estrenan chándal todos los días y que son los menos. Así, si el color del vestuario percibido desde la distancia es verde pistacho, en breve nos cruzaremos con una señora rubia  de pelo corto que es la dueña de un pastor alemán con el pelo pardo y unas pintas marrones en torno a los ojos.

Si por el contrario, la pincelada lejana en el paisaje es totalmente negra, entonces se trata de un señor muy simpático, moreno, de pelo rizado, al que acompaña un mastín del pirineo blanco, y que nos saluda con la amabilidad del que cada mañana se levanta de buen humor y lo comparte con quien se cruza en su camino.

Y si el color que perciben los caminantes en la lejanía es una mezcla de negro, gris y blanco, en breve se cruzarán con nosotros dos, que no vamos acompañados de perro alguno, sino de nosotros mismos, y que, como es de rigor, al cruzarnos, nos saludaremos como viejos compañeros de deporte, ya que a la tertulia en la que se habla de perros no tendríamos mucho que decir ya que carecemos de ellos.

Pero los que mueven el corazón a toda máquina son los ciclistas que también frecuentan nuestro mismo camino y que nos adelantan a toda velocidad y desaparecen tras una estela de polvo haciendo caballitos.

Y es que el deporte tiene mil formas, y su práctica siempre es conveniente para una  mente y un cuerpo sano.

 

5 Comentarios
  • Sonia Pérez Sánchez
    Publicado el 23:15h, 05 agosto Responder

    Estimado “maestro” y vaya si el deporte es bueno¡¡¡¡ es más que eso porque de alguna forma junto al “sudor” también sale un poco de ese “malo humor” con el que nos despertamos algunas veces jejejejejejeje. Y tiene razón también cuando describe que a lo largo de su caminata se encuentra con esos “caminantes” a quienes les acompaña su dulce perro y que lucen junto a la “correa” unas bonitas bolsas que al final no son usadas para lo que debiese. Me ha gustado mucho lo que ha escrito, me gustaría que en una de esas “caminatas” mañaneras me encontrase con usted jajajajajajaja¡¡¡¡¡ un saludo “maestro”.

  • Zully Ivette Pazmiño T.
    Publicado el 12:06h, 06 agosto Responder

    Que deliciosa caminata nos hemos dado con el relato Josè Luis, que reconfortante sentir ese ambiente matinal a diario, a veces un poco complicado de disfrutar para algunos que como yo corremos desde temprano, pero no al parque a disfrutar del espectàculo descrito, sino a los quehaceres del dìa a dìa en la casa y el trabajo, que deben empezar desde muy tempranito, para no llegar tan tarde a casa luego; sin embargo,sin perder las esperanzas que en algùn momento pueda coordinar el tiempo tan perfectamente que alcance hasta para la deliciosa caminata en la mañana… sigo trabajando en eso, lo lograrè, espero.. Gracias como siempre por permitirnos disfrutar de una partecita de su vida y sus amenos relatos, un saludo especial y un fuerte abrazo desde Bogotà, que lo hago extensivo tambièn a ella…(omito su nombre por sabido!).
    Zully Ivette.

  • Fernando Sanchez
    Publicado el 15:07h, 06 agosto Responder

    si supieras ..la cantidad de veces que me he levantado con ganas de salir a caminar (las mismas veces que no lo he hecho)…y es que uno lo va dejando pasar a veces tan facilmente y se inventa tantos pretextos..que hoy hace calor, que hace frio, que ya es tarde y no alcanzara el tiempo para llegar al trabajo…Pero tambien estan llegando los años (estoy rozando los 50) y no habra mas remedio…ahora la fecha sera la entrada a la escuela para caminar antes de ir por uno de mis hijos que asiste por las tardes…a ver sin sale otro pretexto, esperemos que no
    Gracias Jose Luis por esta “caminata matinal” que nos has permitido hacer contigo…un abrazo desde Hermosillo en Mexico.

    Fernando

  • Carlos Andrés García Arias
    Publicado el 21:24h, 06 agosto Responder

    Amigo y Maestro Perales!

    Me llevas con tu relato a los días en los que practico mi deporte (ciclismo), ya que cuando lo hago en mis oídos tengo mis audífonos con tu música, y allí en la pista del velódromo o en las avenidas de mi ciudad o en la cicloruta que establece la alcaldía o en el campo donde suelo utilizar mi caballito de acero, encuentro caminantes como Tú y Manuela que salen temprano a respirar el aire fresco y a bajar sus kilitos de más… jajaja

    Maestro Dios te Bendiga a ti y a tu talento, a tu familia y a tu equipo de trabajo.

    Desde Manizales (Colombia), te queremos y te escuchamos todos los días…

    Cuídate!!

  • Silvana
    Publicado el 03:42h, 07 agosto Responder

    Querido José Luis Gracias por compartir una vez mas algo de tu vida cotidiana,me haces reír me encanto el relato sobre todo la parte de las tentaciones con la comida y los excesos es tal cual, de todas formas lo mas importante es que sigas con tu disciplina de cuidarte, yo practico Tai Chi Chuan y te aseguro que te pone en forma te la recomiendo justamente para seguir con el cuerpo y la mente sana.
    Abrazos, cariños.
    Silvana.

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